Ante la posibilidad de importar trigo. Editorial II de “La Nación”
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La política oficial de desaliento al campo, sumada a la sequía, podría obligarnos a comprar el cereal bíblico en el exterior
El trigo que acompañó las grandes migraciones humanas por su capacidad de sustentar su alimentación, llegó a nuestras pampas para transformarse con el tiempo en el principal cultivo granario con una siembra en torno de los seis millones de hectáreas, el doble de las de maíz y el triple de las de girasol. El impetuoso arribo de la soja casi triplicó el área del trigo, que, sin embargo, mantuvo su lugar hasta la declinación actual.
La cosecha levantada a fin del año pasado ya mostró el desaliento de los productores, que se suma a la gran sequía por todos conocida. De este modo, sólo se produjeron ocho millones de toneladas del cereal, la mitad de la del año anterior.
Ha comenzado ya la nueva siembra de trigo en el norte del país, que continuará hasta agosto en el sur de Buenos Aires y La Pampa. Según los pronósticos, reflejará un gran desaliento de los agricultores, que reconoce dos causas. Por un lado, la continuidad de la fortísima sequía que impide resolver el déficit de humedad en los suelos, y por otro, la continuidad del desaliento productivo, fruto amargo de las equivocadas decisiones oficiales. Entre éstas, la prohibición de exportar, apenas atenuada por la asignación de pequeñas cuotas, que en todo caso pagan el 23 por ciento de su valor en concepto de retenciones.
Descontando de los ocho millones de toneladas cosechadas unas seis o siete para el consumo interno, resta una ínfima porción para su exportación. Sólo Brasil requiere, habitualmente, unos seis millones anuales, que para nuestro beneficio tienen una preferencia arancelaria del 10 por ciento, con motivo de la existencia del Mercosur, ventaja que se está perdiendo por falta de ejercicio. Todo ello y mucho más está siendo incinerado en el altar de “la mesa de los argentinos”, a quienes se pretende convencer sobre la preocupación oficial por sus bolsillos. Nada de ello ocurrirá si el resultado de tales decisiones populistas finalmente reduce la producción, lo cual aumentará los precios de la harina y del pan.
Pero hay más consecuencias. Una gran reducción de la siembra de trigo por su carácter de cultivo de invierno y primavera repercute negativamente en una gran cadena de actividades, como el trabajo rural, el de las fábricas de implementos agrícolas, de insumos, del transporte y en toda la vida del interior del país.
Además, el trigo es indispensable en la rotación de los cultivos y su declinación afecta el desarrollo de la siembra directa y sus beneficios. Adicionalmente, tan importante declinación de la cosecha de fin del año en curso privará a la producción de un gran flujo de fondos, que facilita la financiación de la soja, el maíz, el girasol y el sorgo granífero.
Por si fuera poco, la tradicional participación de la exportación de trigo en la balanza comercial externa a partir de mediados de noviembre quedará virtualmente extinguida. En suma, aunque el trigo fuera en el mejor de los casos sustituido por cultivos de verano, nada podrá reemplazar el desequilibrio económico y financiero apuntado.
Si se diera el caso de una siembra de 2 a 2,5 millones de hectáreas, como han expresado dirigentes rurales, bien podría presentarse la necesidad de importar, con inevitables consecuencias en los precios de la harina y del pan. Una primera sugerencia será volver a las fuentes del progreso, eliminar las retenciones, que de todos modos no proveerán ingresos fiscales, y abrir las compuertas del comercio. En este caso, si hubiera que importar trigo sería en aras de un futuro e indispensable aumento de la producción.
Fuente: La Nación
























publicado el Junio 15th, 2009 a 0:36