¿La república perdida?. Por el Dr. Carlos Marcelo Shäferstein
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El 23 de mayo de 2008, Barack Obama ofreció un discurso en Miami, Florida, donde no ocultó sus intenciones para con América Latina. “Mi política estará guiada por el principio sencillo de que lo que es bueno para el hemisferio es bueno para los Estados Unidos. Eso significa medir el éxito no sólo por los acuerdos que se logran entre gobiernos, sino también por el grado en que se realizan las esperanzas del niño de las favelas de Río, se logra la eficiencia de la policía en la Ciudad de México y se reduce la distancia entre Miami y La Habana.”
Millones de personas, de todos los colores y continentes, lloraron ese día porque en Obama veían la alegría que faltaba, la libertad buscada, la paz deseada y la justicia social que debería venir.
Pero quien hizo una lectura equivocada de esa confesión del primer presidente afroamericano de los EEUU, se confundió.
La República, tanto en Gran Bretaña como en casi todos los países de la Unión Europea, se rige por parámetros parlamentarios. Los Estados Unidos de América tienen un régimen similar, aunque las Cámaras en lugar de un Primer Ministro tengan un Presidente, que absolutamente se apoya en ellas y no puede gobernar a la Nación sin su concurso. La confusión surge porque en los EEUU el sistema es bipartidista, como en los parlamentos europeos, y allí los partidos se llaman Demócrata y Republicano, respectivamente.
Las tiranteces entre demócratas y republicanos son las grandes contradicciones políticas que existen en Estados Unidos y entre ellas, y con ellas, se ha forjado y ejecutado el supuesto “golpe militar de Honduras”. Un golpe militar que no fue tal, sino la destitución de un tirano en ciernes, Mel Zelaya, que impulsaron los republicanos de John McCain para poner a Obama entre la espada y la pared. Y finalmente Barack Obama terminó admitiendo que no sabía nada del régimen presidencialista de América Latina, al cual confundió con la idolatrada y divinizada palabra “democracia”.
Obviamente Obama no leyó a Perón, como nos aseguraba Cristina Fernández de Kirchner, entre otras torpezas, producto de su estólida personalidad. La virtud primordial que se le exige a un presidente en los Estados Unidos es integridad, aún a costa de su candidez.
Permanentemente deben recordarse aquellas palabras que en su día pronunció el primer Jefe de Gobierno de las Trece Colonias Norteamericanas, el General George Washington: “Espero tener siempre suficiente firmeza y virtud para conservar lo que considero que es más envidiable de todos los títulos, el carácter de hombre honrado”.
En definitiva, Barack será el Presidente, pero esa condición no determina nada “per se” en su país. Y el manejo del mundo circundante es regulado cuidadosamente por especialistas.
Para el “Council of the Americas”, que agrupa a todos los bancos y trasnacionales norteamericanas en Latinoamérica, los presidentes-empleados, aunque sirvan sumisamente a sus intereses, ahora serán medidos desde una vara ideológica.
Cómo nos ven
Así por ejemplo, para los EEUU, Lula es un comunista converso en el que se puede confiar a medias; Chávez es un demagogo populista amigo del comunismo, al que, sin ninguna prisa para no generar violencia innecesaria habrá que desplazar del poder porque los negocios del líder bolivariano interfieren con los intereses de Washington.
Según ese mismo análisis, Menem y Duhalde fueron “alineados” de ese país, mientras que Fernando de La Rúa les resultó un híbrido francamente inútil, mientras que miran a Néstor Kirchner como un político demagogo rodeado de izquierdistas, que va ser soportado hasta que se enfrente decididamente al colapso económico al cual se encamina. Ni un minuto más.
Washington observa que tras el plebiscito del 28 de junio, la familia gobernante está perdiendo definitivamente el control sobre el Poder Judicial y el Legislativo, y sobre la estructura nacional y provincial del Estado, al caer en el descrédito, y no contar con el favor electoral de las mayorías. En razón de eso, al Departamento de Estado y al Tesoro norteamericanos les importa poco y nada el color de pelo, de ojos, la estatura, la ideología o los discursos que digan los que ocupan eventualmente la presidencia de la Argentina. A pesar de las apariencias, así como Roma no pagaba traidores, EEUU no sostendrá más presidentes sin poder administrativo sobre su dominio. Si la pareja presidencial quiere hablar de comunismo allá ellos, si quiere hablar de relaciones carnales con Venezuela, que lo haga, si se quiere casar con Evo, Lula, Chávez o Zelaya, también, y si a Cristina se le ocurre procrear un hijo con Fidel (si todavía fuera fértil) lo mismo da. Después de todo impuso su propia Corte Suprema y ha comprado con dinero la voluntad de diputados y senadores para que apuren leyes funcionales al programa económico de los bancos y trasnacionales.
Los norteamericanos observan que Kirchner era un experto consumado en el arte de destruir partidos. Lo hacía cooptando a sus cuadros más promisorios, ofreciéndoles sinecuras costeadas por los contribuyentes y seduciendo –o intimidando– a gobernadores provinciales de signo partidario ajeno para que se sumasen a su egoísta proyecto personal. Luego de darse cuenta de que no le sería permitido emular al general Perón, creó el mito de la “transversalidad”, una estructura política propia basada en sus preferencias y prejuicios particulares, pues tuvo que resignarse a depender de los peronistas a quienes desprecia por entender que, como él y su esposa, son oportunistas dispuestos a modificar sus puntos de vista según cambian las circunstancias. A su manera, casi todos son marxistas.
Métodos cuestionables
Para reconstruir al Partido Justicialista, Kirchner empleó los mismos métodos que le sirvieron para carnear a la Unión Cívica Radical y mutilar al ARI. Como dueño absoluto de una caja atiborrada de plata –acaso el mérito más notable del “modelo productivo” que le legó Eduardo Duhalde, creyó que podía gastar a discreción–, Kirchner estaba, en efecto, en condiciones de alquilar la lealtad de una proporción llamativa de quienes viven de la política.
Puede que en otras latitudes el grueso de los políticos profesionales tome en serio pormenores como el perfil ideológico de los partidos, pero aquí décadas de confusión, conflictos mortíferos y fracasos contundentes han convencido a la mayoría de que nada es permanente en este mundo y que por lo tanto es preciso reinventarse con cierta frecuencia. El resultado es que abundan los “dirigentes” que a través de los años han sido izquierdistas, liberales, neoliberales y que, hasta que empezaron a abandonar el naufragio, eran kirchneristas fervorosos.
Para hacerles la vida más fácil a los conversos seriales que quisieran creerse dechados de coherencia, los Kirchner, que también han experimentado varias mutaciones camaleónicas en el transcurso de su carrera, hacen gala de una retórica progresista y tercermundista mientras gobiernan de forma decididamente conservadora. En efecto, desde que se instaló en la Casa Rosada, Kirchner se ha opuesto con tesón a los cambios “estructurales” de cualquier tipo, justificando su actitud con alusiones a su resistencia a permitirse presionar y apretar por neoliberales locales y sus infames congéneres foráneos.
Según James Neilson, “…los frutos de tanta terquedad están a la vista: un rebrote inflacionario alarmante, una crisis energética que pudo haberse evitado, y una extraña guerra contra las exportaciones que, de prolongarse, privaría a la Argentina de la posibilidad de aprovechar plenamente una oportunidad histórica para asegurarse un futuro próspero”. Frente a la necesidad de que el país se adapte con rapidez a nuevas circunstancias, los Kirchner, acompañados por los muchos deseosos de verse beneficiados por el poder que han sabido acumular, seducen con el embrollo concretar las fantasías que tantos perjuicios ocasionaron en los años 70. Para eso han llenado las prisiones argentinas de militares y policías, mientras que desarmaron a las Fuerzas Armadas y neutralizaron a las fuerzas de policiales o aduaneras, mediante impedimentos legales o procedimentales para reprimir a la delincuencia común, incentivando la radicación de mafias internacionales del narcoterrorismo en la Argentina.
A veces, el belicoso Kirchner ha dado a entender que tiene en mente procurar reordenar el paisaje político para que haya un gran partido de centroizquierda –bajo su dominio exclusivo– y una blanda oposición de “centroderecha” liderado presuntamente por algún personaje dócil como el impasible Mauricio Macri. Tal esquema con reminiscencias españolas, cuando no británicas, sería con toda seguridad mejor que la viscosa confusión existente, pero la verdad es que no es sencilla la confraternización de los intendentes del conurbano bonaerense con sindicalistas de orígenes ultraderechistas –como el propio Hugo Moyano– y otros peronistas, metamorfoseándose en progres pragmáticos.
Mal que les pese a Néstor Kirchner y Cristina, ambos son congénitamente totalitarios aunque no lo admitan. Dicen participar en una variedad criolla del progresismo, pero lo hacen únicamente porque saben que les conviene. En cuando tengan motivos para considerar las ventajas de otras opciones, lo harán sin pensarlo dos veces. Pero –como no permanecerán mucho tiempo más en el gobierno– la única opción será, sin duda, la fuga.
Relación proporcional entre fortuna súbita y narcotráfico
Recordemos que la fortuna personal de los Kirchner, ha escandalizado a la sociedad argentina por el incremento del 158% en tan sólo un año. Sin embargo, se olvida que el patrimonio familiar ha aumentado desde 2003 –año en que se hicieron del poder– más de 500 %, en idéntica proporción en que Argentina aumentó su producción de cocaína y sus derivados.
Decía Curzio Malaparte, en aquel libro llamado Técnica del golpe de Estado, que escribió en 1930, que “el golpe de Estado es un recurso de poder cuando se corre el peligro de perder el poder”. Pero los Kirchner obturaron definitivamente esa brecha.
Desde hace más de un siglo, la Argentina no ha contado con partidos auténticos. Tanto el Partido Radical como el Partido Justicialista son parcialidades opuestas al momento en que se concibieron como tales: ambos partidos pretendieron que sus respectivos movimientos redimieran la Patria y resolvieran todas las contingencias sociales del país. Ninguno de los dos lo ha logrado.
Ahora surgirá una derivación impensada, con motivo de esa larga cadena de fracasos, sólo que ahora no podrán atribuírseles más a “los militares”.
Si alguna consecuencia histórica dejó la familia Kirchner –indudablemente– fue el mérito de unir a la oposición que ellos mismos habían anulado. Pero, a diferencia de los EEUU, las repúblicas o las monarquías constitucionales Europeas, ningún ciudadano sabe quién es su representante, y a qué intereses responde.
Porque aquí, en Argentina, la deshonestidad no resulta ser impedimento alguno para gobernar en el país de la “viveza criolla”.
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Autor: Dr Carlos Marcelo Shäferstein
Fuente: La Historia Paralela
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