Kirchner logró, otra vez, acomodar la escena. Por Eugenio Paillet
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Cierto aire de triunfo ha corrido, en las últimas horas, entre empinados colaboradores de Néstor Kirchner. Dicen esos confidentes, en un análisis absolutamente descarnado de la realidad, que el santacruceño ha vuelto a colocar la escena política nacional allí donde él quería que estuviese
Tras aquel primer cimbronazo que produjo la derrota electoral del 28 de junio, que en verdad no duró más que un puñado de horas, el hombre que hasta fantasea ya abiertamente con volver a la Casa Rosada, dentro de dos años y un poco más, ha logrado un cometido que no pocos de sus seguidores en el oficialismo y, de hecho, el grueso del arco opositor consideraban un pensamiento trasnochado y febril, como era recuperar el centro del ring.
Si es apenas un espejismo o un sueño efímero, sólo se verá con el paso del tiempo. Y tal vez, a partir de cuánto sea capaz de hacer la oposición, tanto interna como externa al matrimonio gobernante, para torcer este estado de cosas que hoy sorprende a más de un analista.
Kirchner ha instalado otra vez al campo como el peor de sus enemigos y, de hecho, se observa hoy a la dirigencia del sector nuevamente en pie de guerra, hasta con algunos de sus dirigentes más combativos con la cara pintada. No hay nada que convenga más a los intereses del ex presidente. Lo mismo ha ocurrido con los medios de comunicación, ese otro gran odiado rival, después de impulsar el proyecto de nueva ley de Radiodifusión que lleva su firma y sello.
Y en el peronismo, sus trapisondas de los últimos días, con el simple artilugio de capturar dirigentes en manos de sus oponentes, ha sacado de las casillas a un hombre en apariencia parco y tranquilo, como Carlos Reutemann, con el perseguido propósito de desestabilizar al único dirigente que puede hacer sombra a su intento de volver en 2011.
Veamos los hechos: Kirchner andaba a la búsqueda de un motivo para obligar nuevamente a los dirigentes del campo a ir al paro y, eventualmente a los cortes de ruta, que, por estas horas, algunos díscolos del sector no descartan, para tener el argumento de ubicarlos otra vez, como hace un año, como enemigos de los que menos tienen. Nunca superó el mal trago de haber sido derrotado por primera vez en más de veinte años de actividad política por la Mesa de Enlace.
Y tramaba agazapado su golpe de venganza. Lo encontró en la sanción y posterior veto de la ley de Emergencia Económica, que liberaba del pago de tributos a la exportación a casi cuarenta municipios de la provincia de Buenos Aires, una de las zonas más castigadas por la sequía. ¿Fue, en verdad, un “error” el que cometieron más de 115 diputados y 33 senadores del oficialismo, al aprobar el tan famoso artículo que incorporó aquellas exenciones provenientes de una iniciativa nada menos que de Francisco de Narváez?
Algunas cosas están saliendo ahora a la luz, en despachos del oficialismo. Y lo que alumbra es que, efectivamente, hubo muy poco de improvisación, y mucho menos de error, más allá de algún despistado de los que nunca faltan, en la estrategia.
Se dice, por estas horas, en esos despachos, sin tapujo alguno, que en verdad se trató de una maniobra urdida hábilmente en las alcobas de Olivos. Esa ley necesitaba ser sancionada así como estaba, para, a la vez, poder permitir el veto de Cristina Fernández, que sería el que pondría otra vez en pie de guerra al campo, tal como ocurrió.
Para profundizar la idea, se impone de nuevo formular la pregunta: ¿Alguien puede creer seriamente que ninguno de aquellos legisladores, más las decenas de técnicos del Congreso, de la secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, de la ONCCA, y hasta de la AFIP, que miraron y rebuscaron en los borradores del proyecto, antes de mandarlo al recinto, observó semejante concesión al campo o a De Narváez? Esos reconocimientos en las covachas del oficialismo se tornan más relevantes y dan más de un viso de realidad a lo que, hasta ahora, eran simples especulaciones.
Fue, además, una jugada a dos puntas. El veto presidencial logró el objetivo de Kirchner de sacar de nuevo a los productores de sus campos y colocarlos a la vera de las rutas. Pero, además, habría buscado sentar precedente de lo que puede ocurrir no sólo de aquí hasta el 10 de diciembre, sino en todo lo que le resta de mandato al gobierno, si el Congreso se empecina en sancionar leyes que no sean del interés o, simplemente, del agrado del matrimonio. Es lo que algunos sectores de la oposición, que otra vez corrió detrás de los acontecimientos, como ha venido ocurriendo desde el 28, han bautizado como la “vetocracia”.
Un encumbrado dirigente del kirchnerismo más puro se ufanaba, por estas horas, del cumplimiento, paso a paso, de aquella estrategia. “Les hemos corrido el arco no hasta el 10 de diciembre, sino hasta el 2011″.
La oposición, después de sus recientes fracasos en el Congreso y de las batallas ganadas por el oficialismo, terminó por resignarse a esperar que llegue el recambio de bancas que se producirá dentro de tres meses, oportunidad en la cual el oficialismo perderá su mayoría en Diputados y quedará seriamente comprometido en el Senado.
Lo hizo después de reconocer, como si hubiese descubierto la pólvora, que el kirchnerismo no iba de ningún modo a leer en la dirección correcta su derrota de junio en las urnas, y buscaría (como, de hecho, lo hará) sancionar, de aquí a esa fecha, todas las leyes que le sean posibles.
El control y el freno a los aires triunfales del oficialismo, se entusiasmaba un dirigente radical, vendría, entonces, con la nueva composición de ambas cámaras. Amarga sorpresa para ese y muchos otros dirigentes.
El ex presidente y verdadero hacedor de la estrategia para reposicionar enemigos y doblegar opositores ha resuelto que Cristina gobernará con vetos y decretos de necesidad y urgencia hasta donde haga falta. Y todo el tiempo que sea necesario. “Si nos quieren sancionar, por ejemplo, la ley de eliminación de las retenciones, la vetamos, y que después consigan los dos tercios”, les lanzó, envalentonado, un diputado de los más “ultras” de la tropa que conduce Agustín Rossi.
Ahí parece estar la clave del plan de Kirchner para casi llevar al Parlamento a una suerte de “fujimorización”, que es no cerrarlo, pero sí vaciarlo de contenido. A la oposición, si fuese dentro de la composición que hoy rige en ambas cámaras, le resultaría imposible insistir con una iniciativa a través de aquella mayoría especial de los dos tercios de los legisladores sentados en sus bancas.
Nadie supone, en la Casa Rosada, cuando analizan la cuestión, que pudiera haber tantos traidores y, encima, todos juntos que pudieran pasarse al bando opositor y facilitar la insistencia, ante el veto del Ejecutivo.
A estas alturas, bien valdría convenir que se agiganta, hasta niveles superlativos, aquella idea inicial de unos pocos dirigentes políticos de la oposición, entre los que sobresale casi como un ejemplar de colección la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, de que el llamado al diálogo político, algunos pocos cambios en el gabinete y hasta la cosmética para la tribuna aplicada en el INDEC eran, nomás, movimientos para ganar tiempo, reagrupar fuerzas y retomar la iniciativa.
El envío al Congreso del proyecto de ley de Radiodifusión es, por un costado, parte de aquella estrategia para apurar, antes del 10 de diciembre, la sanción de algunos instrumentos que el oficialismo intuye, no sin razón, que le será imposible obtener después de esa fecha.
Por esa razón, Cristina Fernández conminó a los legisladores, en su discurso en la Casa Rosada, para que traten la ley “este año”. Y por eso, también, Francisco de Narváez salió a chicanear a Kirchner y pedirle que acepte defender personalmente el proyecto en el recinto, una vez que asuma su banca.
No es un dato menor: Si el gobierno no logra hacerse de ese instrumento antes del recambio parlamentario, muy probablemente ocurra una de dos cosas: o no lo tendrá nunca, por imposición de las nuevas mayorías en manos de la oposición, o lo tendrá con seguras modificaciones que podrían cerrarle el camino al sesgo que tiene la iniciativa aprobada en última instancia por Néstor Kirchner, que es propender a un mayor control de lo que se hace y se dice en los medios por parte del Estado, al más puro estilo de lo que ocurre en la Venezuela de Hugo Chávez.
La otra vertiente es, a ojos vista, una simple consecuencia del odio cerril que los Kirchner (pero, en especial, el ex presidente) sienten hacia los medios y los periodistas que no aceptan alinearse con la bajada de línea editorial que dictan desde sus despachos.
Se ha escuchado decir, en despachos gubernamentales, que el envío de la nueva ley de Radiodifusión al Congreso, para tratar de sancionarla antes del 10 de diciembre, obedece más a un reclamo de Kirchner para doblegar al grupo Clarín y para poder controlar, en el futuro, a los medios que lo critican, antes que a un sincero deseo de terminar con la vieja ley que rige desde los años ochenta. Así de sencillo.
Kirchner imagina esas dos nuevas batallas que acaba de emprender contra el campo y los medios como parte de su estrategia para recuperar fuerzas en el peronismo, retomar el centro de la escena y posicionarse como el único dirigente que puede aspirar a suceder a Cristina Fernández, cuando llegue el recambio institucional de 2011.
Los comentarios que el cronista pueda intercambiar con ministros o secretarios que transitan los pasillos del poder sobre la lunática suposición de que Kirchner pueda ser candidato con los bajísimos niveles de aceptación pública que retiene en la actualidad, semejantes, para su espanto, a los que conserva un político retirado como Carlos Menem, recibirán siempre la misma respuesta: “Kirchner está convencido de que va a remontar porque la gente le pide que refuerce el modelo”. Imposible sacarlos de semejante nivel de autismo.
Para arrancar, el ex presidente ha decidido remontar la cuesta con los mismos actores que lo acompañaron en la derrota del 28 de junio. Y, por ahora, está decidido a buscar apoyos en la misma capa de la sociedad que lo acompañó, en porcentajes que arañaron un 30 por ciento, en las urnas. Es decir, de nuevo a las reuniones con los caciques del Conurbano, a quienes ahora les aclaró que no se refería “sólo a ustedes”, cuando echó la culpa de su derrota a la vieja política. Los coroneles saben que les miente, pero los tiene sin cuidado.
Ellos han decidido por las suyas que Kirchner y Cristina, en medio de la crisis y con restricciones, siguen siendo los dueños de la billetera. Más allá de que más de uno diga, en privado, que lo de la candidatura para 2011 es una fantasía. Pero, claro, al menos por ahora, nadie se anima a decirle al rey que está desnudo.
En ese esquema, surge claramente la jugada de baja estofa que tendieron a Reutemann. Cooptarle a su brazo derecho en los últimos 20 años, como fue la senadora Roxana Latorre, fue, para el ex piloto, un golpe imposible de superar, tal como se ha visto por sus exabruptos de los últimos días.
Y por su reconocimiento de que vive todo esto como una pesadilla de la que le es imposible salir. Kirchner quiere ser candidato en 2011 y lo primero que sabe es que, para ello, debe desbarrancar al senador santafesino. De lo contrario, su postulación no tiene destino. No conformes con eso, avanzaron sobre María del Carmen Alarcón, a quien Kirchner había mandado echar del bloque, cuando se opuso a su política hacia el campo.
El golpe a Reutemann, en este caso, es menos impactante. Pero en ambos casos hay que hacer un descargo: ambas mujeres abandonaron graciosamente sus convicciones y se entregaron enteras a un nuevo y penoso capítulo de la “borocotización” en la política argentina.
Una frase que habría lanzado Kirchner durante aquella reunión en los pagos de Hugo Curto, de imposible comprobación oficial, pero que aseguran confidentes que estuvieron presentes es casi textual, bien podría pintar por entero el cuadro de lo que se está viendo y de lo que se avecina: “Si nos empujan, vamos a gobernar para el 30 por ciento que nos votó. El resto se tendrá que ir sumando”.
Fuente: La Nueva Provincia (Bahía Blanca)
Gentileza de Notiar
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