Periodismo combatiente: Para Sarmiento la educación es la base de las libertades. Por Nélida Rebollo de Montes
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“El pueblo culto siente más las necesidades de las libertades. El pueblo bárbaro acostumbra a ignorarlas”.
Maestro de América, se denominó universalmente a Domingo Faustino Sarmiento cuya muerte (1888) se recuerda con actos en su honor el 11 de septiembre, por haber ocupado un lugar de excepción en la historia de la educación de América. Sus calidades superiores le permitieron servir con acierto a su patria en épocas difíciles y de barbarie a raíz de la primera tiranía argentina.
Sarmiento aportó su influencia creativa y su experiencia de organizador y orientador de la enseñanza pública, dejando una huella perdurable en el Continente. Asumió la propaganda y la acción a favor de la educación para todos tratando de resolver la antinomia de la civilización y la barbarie.
Como crítico riguroso señaló los males de la realidad social e histórica de su patria; la extensión despoblada y la ignorancia. Su ímpetu constructivo lo impulsó a querer suprimir el desierto con la inmigración; arrasar la incultura con el trabajo y la educación; sustituir el despotismo con la libertad mediante la implantación de instituciones democráticas.
Se ha reconocido que sus ideas poseyeron la fuerza y la fe que encienden la acción arrebatada del Gran Civilizador de ahí el reconocimiento generalizado. El núcleo de su empresa civilizadora fue la educación del pueblo y en su favor libró una prolongada batalla casi única en nuestro continente. Esa lucha se inicia en Chile (donde estaba exiliado), culmina en su patria y se proyecta en América.
Fue un hombre dinámico que jamás se detuvo ante las incomprensiones ni los obstáculos porque la fe impregnaba su empresa que era a la vez de realista y soñador. Su idea de la educación se inspiraba en el deber de levantar al pueblo; enseñarle a trabajar; crear las oportunidades para ese esfuerzo y enseñarle a conocer la verdad; a vivir conforme a normas de dignidad y libertad.
Su optimismo crítico era comunicativo. Actuaba sin tomar en cuenta las barreras que se le oponían. Trató con grandes hombres y las mujeres le pusieron el hombro a su obra de educación.
Entre Sarmiento y su patria existían hondas identificaciones, por eso fue su profeta certero. Ricardo Rojas en su admirable libro lo llamó “El Profeta de La Pampa” reconociendo que Sarmiento tuvo clara consciencia del ideal argentino en su vocación por la organización y la libertad.
Su obra escrita es tumultuosa como fue su vida. Fue un luchador de indomable bravura a quien los afectos emocionaban hasta las lágrimas. Sarmiento es el ejemplo del hombre-acción pública, cumplida con pasión. Quería un régimen de educación común que suprimiese las desigualdades. Facilitó la educación profesional y la educación de la mujer. En el planteo y realización de esa política tuvo como eje la idea de educación nacional y republicana.
Sarmiento no conoció el privilegio del hombre con grandes estímulos económicos pero gozaba de una gran inteligencia que le permitía aprender sin esfuerzo múltiples conocimientos que marcaron su actitud prevalente. Poseyó una voluntad impresionante que lo sostenía en momentos de prueba cuando no contaba con estímulo alguno. A pesar de lo que se ha dicho en contrario, Sarmiento tuvo una salud a toda prueba y lo confirma esta expresión: No es posible ser militante y estadista eficaz con un cuerpo enfermizo.
Carmelo Bonet atribuye su fortaleza y salud al clima andino. Por eso pudo soportar días de miseria y largas vicisitudes y derrochar energías. Sólo las marcas físicas delataban su sufrimiento, asumido con valor y coraje. Trabajó sin descanso; y, con inquebrantable voluntad emprendió obras diversas en todas las direcciones. Dormía poco o casi nada pues el día le resultaba escaso en tiempo para todo lo que emprendía. Tuvo la precocidad del genio. Aprendió a leer correctamente a los cuatro años y casi al mismo tiempo asimiló nociones de latín, como monaguillo de su tío Quiroga Sarmiento, Obispo de Cuyo.
Por una de esas injusticias que se sufren en la vida, Sarmiento no pudo educarse en Buenos Aires en la Escuela de Ciencias Morales. Sus hermanas dieron fe que esto entristeció su adolescencia, pero la sed de aprender no se apagó. Tomó ejemplo de su tío el Presbítero Don José de Oro que fuera decisiva en su formación espiritual. La conversación diaria con el religioso y el estudio tenaz lo habilitaron para elaborar sus ideas que enfervorizaron su corazón.
Sintió la urgencia de comenzar su batalla y aceleró su ritmo ante el espectáculo de problemas que debía resolver. Es entonces cuando comprueba el abismo entre la civilización de los países que más evolucionaban y la barbarie del contorno. Siente, entonces, la necesidad de emplear intensamente el instrumento verbal para que sirviera de látigo contra los malvados que sumían a su patria en la ignorancia y la barbarie, pero también abogaba por el castigo que sirviera de ejemplo para los indecisos y de sostén para los hombres de buena voluntad. Con este programa, el escritor que se gesta en él, capta con avidez todo aquello que puede ubicarlo en la conquista de la palabra.
Penetra mediante ejercicios de traducción en la belleza de los autores clásicos tras asimilar las declinaciones latinas. Esto lo han comprobado los estudiosos de la Academia Argentina de Letras. No alcanza a perfeccionar el latín pues el dominio de esta lengua exige una paciencia y un reposo que él no tenía, pero se adentra en su estructura sintáctica, en su morfología y con ello profundiza el conocimiento de su propio idioma.
La lectura de la Biblia dejó huellas en la prosa de Sarmiento. Este libro fue su compañero indispensable. Contra lo que opinan que Sarmiento desechó el culto religioso, además de estos testimonios se le reconoce que durante unos años la Biblia le aportó unción religiosa a una de las paginas más conmovidas de “Facundo” que comienza con estas palabras: …Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivos del mundo, anteriores a la institución del sacerdocio…”.
En 1826 se ganaba la vida detrás de un mostrador, es entonces cuando inicia el trabajo portentoso de autodidacta genial. Lee libros sin orden. Todo lo que llega a sus manos en calidad de préstamo, es objeto de observación y lectura. Durante veinte años esa lectura continuada y fervorosa lo domina incansablemente.
Su pobreza económica no le permitía tener en su hogar una biblioteca pero se acercó a la de sus amigos para seguir leyendo sin agotarse. Allí germinaron muchas de sus ideas que intercambiaría luego con sus amigos Aberastain, Cortínez, Quiroga, Rodríguez.
Intelectuales destacadísimos reconocen que no siempre encontró libre el camino para sus apetencias intelectuales. Sin ser poeta, ni novelista, ni autor dramático, ni periodista todo eso y mucho más germinaron en él dotándolo como modelo de escritor, poeta, intelectual y periodista.
Tuvo una curiosidad especial y es la de espiar “en los recovecos y en las sinuosidades de personajes como Aldao, Facundo y Rosas para desentrañar qué demonios se escondían en ellos para negar con toda perversidad la libertad a su pueblo”.
Domingo Faustino Sarmiento tuvo una vida plural, un espíritu universal vigoroso. Su original personalidad ofrece facetas numerosas. Los estudiosos de la historia son los encargados de dar el perfil certero de Sarmiento educador, sociólogo, escritor, periodista, político, estadista, diplomático, intelectual y polemista.
La personalidad de Sarmiento está entrelazada por vocación en la porfiada lucha por la verdad con el escritor español Miguel de Unamuno. Ambos debieron levantar uno a uno todos los andamios de su gloria y los levantaron en un ámbito desfavorable considerado el parámetro espiritual del tiempo en que les tocó vivir, degradado por la prepotencia del caudillismo bárbaro. Supieron encontrar en el sacrificio, valentía; gran fe en la capacidad del hombre para vivir por las ideas. Para ellos fue una consigna tener consciencia de que los hombres son cómplices de cuánto les deja indiferentes.
En la semana sarmientina que ya se inició en San Juan al entrar en su Casa Natal se percibe el recuerdo aromado de quien habitó en instantes supremos ese hogar junto a su laboriosa madre y hermanas. Es allí donde se siente en plenitud el valor que está en su ser total, en el hombre que se expresó incansablemente sin olvidar en sus palabras la esencia de su espiritualidad.
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Nélida Rebollo de Montes, Columnista de Radio La Red en su revista Plural. Profesora y periodista, distinguida con el Premio Benefactora de la Cultura. Ingresó en la Academia Provincial de la Historia con el trabajo titulado “Mujeres de mayo y prácticas electorales de 1816”. Con el voto unánime ingresó a la Sociedad Argentina de Escritores, institución que la distinguió con la “Pluma de Oro”, con la “Faja de Honor” y el “Gran Premio de Honor”. Autora del libro “Nuestro Tiempo y Nuestras Razones”, que incluye artículos de su profesión periodística, afrontando la difícil tarea del comentario instantáneo sobre los acontecimientos que se suceden diariamente. La gente valora en ellos el estudio relevante sobre el presente. El libro figura en las Universidades de Yale, de Columbia y en el catálogo online de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos de Norteamérica. Su Ensayo “Rosalía de Castro. Antonio de la Torre : dos testimonios de la pasión poética” fue incluido en la Biblioteca de la Universidad de Santiago de Compostela de España, en la Biblioteca Pública de Nueva York y en la Universidad Stony Brook de Nueva York de Estados Unidos de Norteamérica.
Fue galardonada, en 1986, con el premio internacional “Honoris Causa”, otorgado por la Acción Católica Argentina con sede en Los Ángeles, Estados Unidos de Norteamérica. En el mismo año, la Comisión Interamericana de Mujeres de la Organización de Estados Americanos (OEA) la premió en el año internacional de la Paz. Fue elegida, en 1990, “Ciudadana Ilustre” de la Municipalidad de la Capital de San Juan y condecorada, en 1994, por el Diario la Razón. El Centro de Artistas Plásticos de San Juan la consagró, en el mismo año, “Benefactora del Arte”. Tres veces premiada, en 1997, 2001 y 2005, por ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas de la Argentina) y, en 1990, con el “Santa Clara de Asís”.
La Dra. Rebecca Ann Bill de la Universidad de Stanford de California, Estados Unidos, contratada por FORES (Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia de la República Argentina) consultó como fuente de de información un artículo periodístico de la Profesora Nélida Rebollo de Montes (argentina) titulado “La Suprema Corte de Justicia en la Presidencia de Mitre” y un libro del Dr. Harold J. Berman (estadounidense) de la Universidad de Cambridge y profesor emérito de la Universidad de Harvard. De ambos autores la Dra. Bill utilizó datos para su obra de investigación “Medición de la autonomía judicial. Juzgado Federal de primera instancia en lo penal de la República Argentina”.
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publicado el septiembre 12th, 2010 a 22:29