Dos miedos de Kirchner y una sensación general. Por Francisco Olivera
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Cristina Kirchner se va a dormir más o menos temprano. A veces a las 10, reconocen los miembros de la cada día más pequeña mesa de Olivos. No son más de cuatro; algunos de ellos, empresarios. El whisky acompaña las tertulias. Dormida la Presidenta, empieza la trasnoche política santacruceña. Néstor Kirchner se mueve entonces a sus anchas.
Ciertos diálogos trascienden; el mundo empresarial no es tan extenso. Por ejemplo, el último desvelo del ex presidente: cualquier proyecto de la oposición sobre reforma del Consejo de la Magistratura. Kirchner dice estar dispuesto a vetarlo, aun con costos políticos. “Tiene miedo de que se desbande el Poder Judicial”, evaluó un dirigente que conoce la intimidad del poder.
El otro temor es bastante más antiguo. Kirchner se lo dijo a Hugo Moyano en 2005, cuando la Unión Industrial Argentina se ilusionaba todavía con el Consejo Económico y Social: “Si se viene la inflación, yo soy un presidente de cartón”, lo frenó al líder camionero. Moyano se lo contó, textual, a los dirigentes fabriles. Al contrario de lo que pensaba el entonces ministro Roberto Lavagna, Kirchner veía en el Consejo no más que un pacto empresario-sindical para subir precios y salarios.
Las estimaciones reales del Gobierno sobre el costo de vida son bastante desalentadoras. El economista Carlos Melconian dio diagnósticos parecidos ante empresarios: como están las cosas, febrero habría tenido un alza promedio del 3% y la proyección podría superar largamente los dos dígitos a fines de año.
El espanto une entonces a kirchneristas e industriales. Se intentará otra vez con Guillermo Moreno y eso ya fracasó, razonan los empresarios. El paso obligado, creen, será lo que más detestan: bajar el tipo de cambio. No hay razón para pensar que un Gobierno que le pagó como nunca en la historia argentina al Fondo Monetario Internacional y lo expuso a la sociedad como medida progresista no busque, otra vez, en la ortodoxia un paliativo.
Las sospechas se acrecentaron durante el último almuerzo de los empresarios con Cristina Kirchner. “¿Para qué nos invitó, para decirnos lo que dice todos los días?”, se exasperó ante LA NACION uno de los asistentes. Conclusión: no sólo no habrá plan, sino que no se habla de inflación. Debió saberlo Cristiano Rattazzi, presidente de Fiat Auto, excluido a última hora del encuentro por exponer en las radios la única coincidencia que puede mostrar el centenar de empresarios invitado.
Hay que reconocer que los escarmientos kirchneristas siguen teniendo un éxito demoledor. Excluido Rattazzi, casi nadie abrió la boca. Sólo se les soltó la lengua a empresarios de bajísimo perfil o buena relación con la Casa Rosada. Gabriel Romero, del grupo Emepa, por ejemplo, que le agradeció a la Presidenta “la seguridad jurídica”. O el transportista Alfredo Román, que la felicitó por “sacar a la Argentina de la decadencia”. Y el metalúrgico Juan Carlos Lascurain, que insistió en sus ganas de tener un banco de desarrollo.
El problema no está tanto en las palabras como en una sensación creciente, definida a este diario por un empresario de la obra pública: “Este año está perdido”, dijo. En el veredicto coincidió un gerente de una multinacional de consumo masivo: “Ya estamos en marzo: lo que en la casa matriz no te dieron para invertir hasta ahora, ya no te lo dan. El año 2010 está jugado. Brasil se lleva todo”. Un industrial reforzó: “Todo el mundo está tratando de minimizar daños. Esta gente: destruir, mucho; construir, poco”.
La visión cambiará el entramado de relaciones. La única razón por la que los empresarios no han corrido despavoridos a refugiarse en la oposición es que no encontraron todavía una opción cautivante. “¿Ya tenés equipo y plataforma para 2011?”, le preguntó días atrás, en confianza, un hombre de negocios a Mauricio Macri. “¡No tiene nada!”, contó después a LA NACION.
En realidad, algunos de esos encuentros ya no se hacen. Rápido para el olfato, el establi-shment olvidó el breve encandilamiento tras el 28 de junio. Y a Kirchner le sobran, por otra parte, recursos y tiempo para enterarse de cada secreto. ¿Lo habrán aprendido los Eskenazi, después del rapto de furia que recibieron desde Olivos por haber participado, el 30 de abril del año pasado, de una reunión con Carlos Reutemann? El senador José Pampuro y Marcelo Blanco, del Deutsche Bank, estaban también aquel día. En una empresa europea creen haber encontrado la fórmula: “Hay que aprovechar los actos públicos para hablar con opositores sin pagar costos”.
Existe además cierto desencanto con lo que en foros corporativos llaman “El Quinteto”: Reutemann, Cobos, Macri, De Narváez y Das Neves. Hay, por ejemplo, empresas de servicios que todavía le reclaman a Macri los fondos que pusieron, desde 2007 hasta hoy, para que el gobierno porteño reparara las veredas y las calles tras la instalación de cloacas, líneas telefónicas y cables. Hace tres años, disconforme con los arreglos de los privados, el jefe comunal decidió quitarles esa atribución. Se las devolvió ahora ante el retraso de hasta 40 días que llevaban las obras, en algunos casos por falta de baldosas. Vueltas las cosas a como estaban, en las compañías se preguntan si se les devolverá el dinero. Los problemas de gestión no se inventaron con el kirchnerismo.
Fuente: La Nación

email este artículo

























