Una ingobernabilidad menos pavorosa. Por Carlos Pagni
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Para la tradición argentina, ingobernabilidad significa movilización callejera, gases lacrimógenos, sangre, tal vez muerte. Pero si se despojara a esa palabra de su dimensión convulsiva, habría que diagnosticar que el país ingresó ayer en una ingobernabilidad menos pavorosa. Técnica. Los Kirchner perdieron el control del Senado. En todas las comisiones quedaron allí en minoría y, en algunas, con tres votos de desventaja. Peor todavía: el comité que controla los decretos de necesidad y urgencia (DNU) fue puesto bajo dominio opositor. El Banco Central puede quedar de nuevo descabezado si los senadores terminan por negarle su acuerdo a Mercedes Marcó del Pont, como adelantaban ayer. El miércoles próximo la cámara alta tratará la coparticipación de toda la recaudación del impuesto al cheque -una pérdida de $ 8000 millones para el Estado nacional- e interpelará al ministro de Economía. En Diputados, ayer llovían los proyectos para anular el decreto anunciado por Cristina Kirchner el lunes. Miguel Pichetto, el jefe de los senadores del Frente para la Victoria, denunció a la oposición ante la Justicia penal por violar el estatuto de la cámara. En Olivos las visitas escucharon un griterío desaforado.
Los nubarrones de esta tormenta comenzaron a formarse en agosto pasado, cuando el Gobierno, a pesar de su derrota, abortó un ensayo de diálogo político. Pero el vendaval lo desató la Presidenta el último lunes, con un doble agravio: anunció al Congreso que le arrebataría sus facultades mediante un DNU para apropiarse de las reservas, y le ocultó que, para esa hora, la operación ya se había completado. Para la oposición cayó la penúltima barrera. El kirchnerismo ingresó en una ingobernabilidad sin humo.
Salvo que convoque a un acuerdo, a la administración le será casi imposible hacer transitar sus iniciativas por el sistema institucional. La oposición tampoco podría -si es que debe hacerlo- imprimir su orientación a la vida pública. Sencillo: no la tiene. En su seno hay veinte familias y una docena de proyectos presidenciales. Los Kirchner, con ese liderazgo siberiano propenso al destrato político y al desbarajuste institucional, dotaron de un lenguaje común a esa torre de Babel. Como se ve, sobran condiciones para que la crisis en curso se vuelva crónica.
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El derroche de poder al que se ha entregado el Gobierno no fue puesto al servicio de ninguna ensoñación ideológica. Sólo los bonistas vieron el golpe del Central como una saga heroica. No es para menos: es raro conseguir deudores que, con tal de cumplir, asaltan un tesoro. Los banqueros también festejan. Néstor Kirchner se demorará en buscar sus excedentes de liquidez. Demasiado poco para un gobierno nacional y popular.
El axioma constitucional de aquel viejo caudillo del peronismo correntino -”poder que no abusa, poder que no sirve”- impera a pleno, desde ayer, en la Argentina. En el Senado reapareció Carlos Menem. En consecuencia, los radicales, el PJ disidente, la Coalición Cívica y el Socialismo hicieron sentir el rigor de su mayoría para desconocer acuerdos alcanzados antes de que Pichetto vaciara la sesión preparatoria, y de que la Presidenta consumara su ardid.
Los Kirchner lograron kirchnerizar a sus adversarios. A la oposición no le bastó con controlar todas las comisiones, ni con presidir 13 de ellas. En varias quedó con 9 votos sobre 15. Había que satisfacer a Menem. La integración de los equipos la decidió el plenario y no Julio Cobos, como indica el reglamento. La Presidenta debe haber acordado de Raúl Alfonsín: sin el tercer senador de la minoría, ella no estaría en este trance.
Sin embargo, la de ayer será una tarde maldita para los Kirchner por otro motivo: sus adversarios rompieron otro pacto y decidieron que la comisión de seguimiento de los DNU ya no estará empatada en dos bloques de 8 miembros cada uno, ni contará con dos presidentes (Diana Conti y Luis Naidenoff). Los senadores de la oposición se anotaron un representante más que el Gobierno y consagrarían como jefe a Adolfo Rodríguez Saa.
Esta decisión es crucial. Con los DNU la Presidenta pensaba eludir a la mayoría opositora. ¿Cómo convencerá ahora a esa mayoría de que es necesario y urgente arrebatarle atribuciones? Salvo ante emergencias indiscutibles, los Kirchner deberán olvidarse de que el Congreso convalide un DNU. Hay otra consecuencia del desempate: nada prohíbe que la comisión se aboque al tratamiento de este tipo de decretos antes de que se los envíe el jefe de Gabinete. El Ejecutivo, entonces, ya no podrá arrastrar los pies para llevar a las cámaras sus decisiones legislativas. Operaciones como la ampliación del presupuesto, por ejemplo, quedarán en adelante inhabilitadas.
El Gobierno también está amenazado, desde ayer, por otra oposición: la de sus propios gobernadores. ¿Renunciarán esos mandatarios a coparticipar el impuesto al cheque arriesgando votos en sus distritos? Durante su reciente viaje a México, la señora de Kirchner insinuó que vetará esa reforma. Tal vez por eso ayer Pichetto comenzó a oír la inédita disidencia de tucumanos y jujeños. Es comprensible. Los caudillos de provincia están dispuestos a tolerar la impopularidad de los Kirchner, pero no a hacer un ajuste en lugar de ellos. El unitarismo fiscal comenzó a desmoronarse. El peronismo del interior quiere recibir al próximo gobierno con su autonomía recuperada. Sobre todo si es de otro partido.
La batalla recién comienza, pero ya puede vislumbrarse un resultado: sin el recurso fácil del DNU y con una caja que se federaliza, la próxima administración no contará con la hiperpresidencia que construyeron los Kirchner.
Fuente: La Nación

























publicado el Marzo 4th, 2010 a 16:11