El deber de la hora es la unidad de los católicos.
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Carta al Director de la Sra María Lilia Genta
En estos días hemos sido testigos de virulentos ataques a la Iglesia Católica y a la Jerarquía eclesiástica. Es curioso, el rabino Levin habló un lenguaje fuertísimo sobre el tema del putinomio; quizás fue el más exaltado opositor a esa aberración moral y jurídica. Hablaron también, y con firmeza, pastores de diversas confesiones cristianas. Pero el “progresismo político” dirigió sus ataques y diatribas casi exclusivamente contra los obispos católicos, con un odio total, ¿satánico como dijo el Cardenal Bergoglio?
Esos ataques y diatribas no distinguieron entre obispos “blandos” y obispos “duros”. Salvo Carrió que, con su habitual esquizofrenia entre misas diarias y “sabias abstenciones estratégicas”, recomendó a los obispos “pases de torero” como los que ella suele hacer en los temas fundamentales. ¡Ojalá no se proclamara católica!
Conviene tener en cuenta que los ataques a los obispos, más allá de que se personalicen en Monseñor Aguer, en Monseñor Lona, en el Cardenal Primado y hasta en el casi desconocido Arzobispo de Córdoba, constituyen ataques y agravios a personas sagradas y a sus investiduras, también sagradas. Son, por tanto, un sacrilegio con la gravedad que tal cosa importa.
Por eso creo que es el momento en que los católicos extrememos el respeto a las investiduras sagradas más allá de las simpatías o antipatías personales. Esto ya nos pasó en el 55 (persecución religiosa, quema de las iglesias). Por cierto que en aquella época hubo algunas actitudes episcopales más dignas de admiración que otras. Pero respecto de aquellas que menos nos gustaban recuerdo lo que nos enseñaba mi padre, prohibiéndonos toda falta de respeto, sobre todo las públicas: “si ellos no respetan su propia investidura, yo sí la respeto”. Mi padre jamás fue un católico “de sacristía” ni puede decirse de él que fue alguien “católicamente correcto”; pero tenía un profundo sentido de Iglesia como institución jerárquica.
Recuerdo que una vez, un eminente intelectual católico envió un artículo, para publicar en la revista Combate, en el que en duros términos denunciaba debilidades, yerros y “agachadas” de varios obispos argentinos. Mi padre decidió no publicar la nota y se la devolvió a su autor en razón del respeto que sentía hacia las investiduras. Nunca supe si íntimamente compartía o no todas o algunas de las cosas que se decían en el artículo. Sospecho que coincidía con más de una, pero nunca las hizo públicas. Digo esto con la autoridad moral que me da el hecho de que mi padre no era, precisamente, santo de devoción de los obispos involucrados en aquella nota. Ni tampoco de muchos otros aunque sí hubo algunos que lo quisieron y lo estimaron de los cuales guardo testimonio, como Monseñor Tortolo, por ejemplo.
Este es un momento como aquel del 55 o quizás peor. Es, pues, el momento que debe encontrarnos a todos los católicos unidos en el Credo común que profesamos.

























publicado el julio 21st, 2010 a 13:15
publicado el julio 21st, 2010 a 20:40
publicado el julio 21st, 2010 a 22:00